Lo importante era estar ahí
Es una carta entre generaciones, tejida con silencios torpes y frases hechas. Habla de los consejos que nos dieron nuestros padres, desfasados por el tiempo pero llenos de intención. Aunque el mundo haya cambiado, permanece intacto el impulso de cuidar, de guiar y de dejar algo sembrado antes de que la vida se nos escape entre los dedos. A veces, el verdadero mensaje no está en lo que se dice, sino en el amor que subyace al deseo de decirlo.
LO IMPORTANTE ERA ESTAR AHÍ
Por Mario Gómez
EXT. CAMPO ABIERTO – TARDE
Un cielo despejado. El sol comienza a bajar.
Un PADRE de 49 años, algo desaliñado, con la mirada viva y las manos
en constante movimiento, como si cada palabra que piensa tuviera que abrirse
paso a empujones en el aire, está apoyado en una vieja valla de madera.
A su lado, su HIJO de 10 años, callado, observador y tranquilo.
Ambos miran hacia un punto lejano del campo, fuera de plano.
PADRE
—¿Ves aquello al fondo? Ese árbol, allí solo... justo donde parece que se acaba
el mundo.
El niño asiente sin decir nada.
PADRE
—Ahí es donde te das cuenta de que hay que moverse, ¿sabes? Si no te mueves,
te quedas atrás. La vida no espera. No, señor... uno tiene que estar listo,
saltar, moverse. Porque si no... te adelantan por el lado.
Pausa. Respira. Cambia de postura.
PADRE
—Así es... te adelantan.
Mira hacia el sol, entrecierra los ojos, molesto por el destello.
PADRE
—Pero ¡ojo!
Abre los ojos y mira a su hijo.
PADRE
—No corras en la vida saltándote pasos. No hay que ir a lo loco, porque todo
llega cuando tiene que llegar. Bueno... a veces. No siempre. Es que...
hay que saber esperar.
Levanta el dedo índice y lo hace girar en el aire, de abajo hacia arriba,
como si agitara una idea que va tomando fuerza.
PADRE
—Pero sin dormirse en los laureles.
El niño gira un poco la cabeza hacia él, con una ceja levantada.
PADRE
—Y cuando veas una oportunidad...
Extiende el brazo con la palma de la mano plana, los dedos juntos, apuntando
hacia adelante. Hace un leve movimiento, como empujando el aire, como diciendo
“tira pa’lante”.
PADRE
—¡Zas! A por ella. Aunque... no todo lo que parece bueno lo es. Hay veces que
parece oro. Pero si te lo piensas mucho, igual se te escapa.
Piensa un segundo.
PADRE
—Hay trenes que no, que es mejor no coger. Hay trenes que llevan a sitios
donde no quieres ir. O trenes sin freno.
El niño arranca una brizna de hierba y se la pone en la boca. Mira hacia el árbol
del fondo.
PADRE
—Mira, tú haz el bien, ¿vale? Siempre. Sin esperar nada. Porque uno no hace
las cosas por la recompensa. Se hacen porque sí, como hace tu papá.
Porque toca.
Se da un golpe en el pecho.
PADRE
—Aunque... si alguien no te da ni las gracias, pues oye, tampoco seas tonto.
La bondad tiene un límite. Que una cosa es ser solidario, y otra cosa es serlo
sin recibir nada a cambio.
Saca el puño y lo levanta a la altura de su cara.
PADRE
—Quedarse callado es parecer tonto.
Comienza a enumerar con los dedos. Levanta el primero.
PADRE
—El que no llora, no mama.
El niño entrecierra los ojos y hace un gesto de negación. Le cuesta seguirle.
PADRE
—Tú no seas de esos que lo quieren todo. Porque si intentas abarcar más de lo
que puedes, no te irá bien. Hay que intentarlo, simplemente. Pero sin pasarte.
El niño continúa en silencio.
PADRE
—La gente no es de fiar, pero vivir desconfiando de todos te matará por dentro.
A la gente hay que darle una oportunidad.
Ahora, mirando también al fondo del campo.
PADRE
—Y si algún día alguien te regala algo... pues tú acéptalo con una sonrisa.
Aunque sea una mieeeerda. El regalo en sí no es lo importante.
Pausa larga. El viento sopla suavemente. Los dos callan.
El niño lo mira... luego vuelve la mirada hacia el campo.
PADRE
—Bueno, tú quédate con lo importante: la vida es rara. Y contradictoria.
Pero tú camina... hacia donde sientas que está bien.
El niño asiente lentamente, sin mirar al padre. Sigue mirando al otro lado
del campo, pensativo.
Aparece el título: “Lo importante era estar ahí”.