El agua hasta arriba
Una oficina anodina se convierte en escenario de un relato de tensión y venganza. Cuando un accidente de coche revela fallos que costaron vidas, la ira de quien sobrevivió se transforma en una violencia implacable y meticulosamente calculada. Cada gesto, cada acción, refleja la obsesión por la justicia propia y la responsabilidad de los demás. Lo cotidiano se vuelve mortal, y lo que comienza como una conversación aparentemente normal termina en un baño de agua, metal y consecuencias irreversibles.
EL AGUA HASTA ARRIBA
Por Mario Gómez
INT. OFICINA – DÍA
Una oficina de paredes de aluminio blanco con grandes ventanales. La estructura rectangular, práctica, pero sin concesiones al diseño. En los ventanales cuelgan persianas venecianas medio bajadas. Sobre una mesa con patas desiguales reposa un ordenador de carcasa beige amarillenta, con un monitor CRT que parpadea de vez en cuando. En el techo, varios fluorescentes de luz blanca, algunos estropeados, creando un ambiente mortuorio típico de los lunes a las 8. En la pared, una estantería llena de archivadores desordenados y un calendario con una chica en bikini.
RAMÓN
(Corpulento, desaliñado, sentado frente al ordenador. Un pie descalzo apoyado en el suelo. Con pegamento en la mano, intenta arreglar la suela despegada de una bota de seguridad.)
JORGE
(Frente a Ramón, inmóvil, una mano oculta en el bolsillo interior de su chaqueta. Mira fijo, como si llevara allí una vida esperando.)
IVÁN y CARLOS
(Apoyados contra la pared cerca de la puerta de la oficina. CARLOS llena un vaso de plástico en la máquina dispensadora de agua.)
JORGE
(En tono simpático, hace un gesto para que llene el vaso hasta arriba)
—Ni que la pagases tú.
CARLOS
(Sonriendo)
Llena el vaso hasta el borde y se lo entrega a JORGE.
JORGE
(Pillando el vaso sin apartar la mirada de Ramón)
—Pisé el pedal. Hasta el fondo.
Da un pequeño sorbo. Traga. Hace girar el vaso con la muñeca. El agua tiembla, pero no se derrama. —No veas cómo corría aquel coche...
RAMÓN, IVÁN y CARLOS sonríen, realizando un feedback de la historia.
CARLOS
—Ahí, pisándole.
JORGE
—Entonces... me di cuenta de que no iban los frenos.
Se hace el silencio, las sonrisas pasan a ser medias sonrisas. —El coche cayó al mar. Dentro, mi mujer. Delante. Detrás, mis dos hijos.
Las sonrisas se borran por completo. Entendiendo que esta historia no es una anécdota agradable.
JORGE
—Ella no podía quitarse el cinturón. Se había atorado. El agua entraba por las ventanillas traseras, y ya no funcionaban los...
IVÁN
—Los elevalunas eléctricos.
JORGE
—No funcionaban. No funcionaba nada. Pasé atrás. Intenté soltar los cinturones de los críos. Me acordé del puto regalo de aquel concesionario... un corta cinturones. Una cuchilla sin filo.
RAMÓN empieza a sudar, como si estuviera dentro del coche.
JORGE
—El agua les llegaba al cuello. Gritaban. Mi mujer. Mis hijos. Y yo... Yo cogí el puto corta cinturones... y salí. Abrí la puerta. Nadé.
Deja el vaso vacío sobre el borde de la mesa. Continúa sin sacar su mano de la chaqueta. Lo empuja con dos dedos para que no esté al borde de la mesa.
IVÁN
(Mira la puerta. Calcula distancias.)
RAMÓN
—¿Y qué hiciste después?
JORGE
(Saca lentamente la mano del bolsillo. En ella: el corta cinturones. En el plástico: el nombre del concesionario, el mismo que lleva bordado en el pecho RAMÓN.)
—Después fui a ver quién había revisado los frenos.
IVÁN y CARLOS intentan huir. Corren hacia la puerta. JORGE se lanza usando el pincho rompecristales, atravesando el cráneo de IVÁN. CARLOS intenta abrir la puerta, no puede. JORGE impide abrirla con el pie estratégicamente colocado. Agarra la cabeza de CARLOS y se la estrella contra el cristal. Luego, contra la máquina de agua. La garrafa cae, inundando el suelo junto con el cuerpo inmóvil de CARLOS.
RAMÓN
—Yo no reviso coches... ¡Yo sólo hago las facturas! ¡Solo eso!
El agua empapa el suelo. Llega hasta el pie descalzo de RAMÓN. Lo moja. Lo siente. Lo mira.
JORGE
(Avanzando lento hacia RAMÓN, con calma que hiela)
—Hasta el engranaje más pequeño de una cadena es cómplice del resultado final.
Empuja la pantalla del ordenador. Cae rompiéndose y provocando que RAMÓN se electrocute. RAMÓN grita mientras